Fe y Paciencia

Escritorio

Jentezen Franklin

En 2 Tesalonicenses 3:13, Pablo advierte a la iglesia de Tesalónica: “Y vosotros, hermanos, no os canséis de hacer bien”. Es crucial en nuestra experiencia con la guerra espiritual que no abandonemos antes de ganar la batalla. La fe y la paciencia deben ir de la mano.

De verdad que no recuerdo en qué curso estaba, pero hicimos un experimento en la escuela primaria que dejó una impresión perdurable en mí, hasta en mis años de adultez. La maestra nos dijo que guardáramos nuestros cartones de la leche del almuerzo para aquel evento especial. Debíamos llevarlos a clase, donde los lavamos y cortamos los extremos. Ella entonces abrió un gran recipiente de tierra con abono para macetas, y pusimos parte en nuestros cartones. Ella nos dio a cada uno un frijol grande y nos dijo cómo plantar la semilla en la tierra, al hacer un pequeño agujero con nuestro dedo y enterrar la semilla. Después de volver a tapar el agujero con la tierra, yo regué la semilla, le puse mi nombre a la caja, y la dejé en la soleada ventana, junto a los de los demás.

 Cada día, cuando comenzaba esa clase, yo corría hasta la ventana junto con los demás niños para ver lo que estaba sucediendo con las semillas. No pudimos ver nada hasta el tercer día, cuando un diminuto brote verde comenzó a mostrarse en algunas de las cajas. El sexto día, la mayoría de las cajas tenían brotes verdes, y algunas hasta mostraban hojas, pero no la mía. Durante seis días, yo corrí ansioso hasta la ventana para mirar mi caja. No había otra cosa sino tierra. La regaba como todos los demás; estaba bajo el mismo sol que estaban las demás, pero no salía ningún brote. Yo me preguntaba si mi semilla seguiría estando ahí.

 El séptimo día, no pude soportarlo más. Llegué a clase antes que los demás y utilicé mi dedo para cavar en la tierra para ver si mi semilla seguía estando en la caja. La saqué y, en efecto, había comenzado a brotar. Mi maestra entró en ese momento. Cuando ella vio lo que yo había hecho en mis deditos, amablemente me explicó que realmente debería haberla dejado y esperar. Ya que yo había sacado mi semilla de la tierra demasiado pronto, había destruido mi cosecha. Ella tenía razón. Todas las demás semillas crecieron altas y fuertes, y, en poco tiempo, estaban llenas de múltiples vainas de frijoles: muchas más que la semilla que se sembró.

 Aquel experimento de la niñez ha permanecido conmigo por mucho tiempo, porque he aprendido que hacemos lo mismo en nuestra vida espiritual. Obtenemos una palabra del Señor —es solamente una semilla— pero queda plantada profundamente en nuestro corazón: “Dios me va a bendecir. Tengo mucho favor del Señor. Dios ve mi necesidad y la suplirá. Él protegerá a mi familia y salvará a mis seres más queridos”. Las montañas que usted afronta parecen muy grandes, pero tome esa diminuta semilla de fe, plántela en esa montaña y espere.

 No pasa mucho tiempo cuando llega la impaciencia. Las montañas parecen aún mayores de lo que eran antes, y su semilla no muestra ningún brote, a pesar de lo que usted haga. Otras personas son bendecidas, pero no sucede nada en la situación de usted. Usted comienza a pensar: “¿Recibí, de verdad, esa palabra de Dios?”, como cuando yo me preguntaba si mi semilla seguía en la pequeña caja. Yo sabía que la había plantado y no creía que nadie la hubiera sacado, pero pensaba que seguramente no estaría porque yo no podía ver nada. Uno termina desanimándose. Usted cava con sus dedos y saca su semilla demasiado pronto, destruyendo la promesa.

 De igual modo, he oído a personas decir que no podían lograr pasar un día o dos en ayuno porque se desanimaban. Escuchaban a su carne en lugar de continuar en fe y se sentían peor que cuando comenzaron. ¿Qué le sucedió al caminar por fe y no por vista? La fe y la paciencia deben ir juntas.

 Jentezen Franklin, El ayuno, © 2008.

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